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Palencia

La primera vuelta al mundo de Magallanes/Elcano (X)

ANCHA ES CASTILLA (Y LEÓN), POR RAMÓN TAMAMES

Continuamos hoy, y todavía quedan algunas entregas por llegar, con la primera vuelta al mundo, perfeccionada por Juan Sebastián Elcano según veremos, después de la gran decisión que tomó al salir de las Molucas para España. En estas páginas de nuestra narración podrá verse el buen trato de los navegantes españoles con los moluqueños, la carga de un gran volumen de especias, prácticamente todo clavo, y la despedida de las dos naves españolas, una para la patria y la otra para Panamá. Y veremos también como en la ruta Elcano preguntó varias veces a sus marineros sobre si hacer más de una escala de aprovisionamiento. Se exceptuaron todas menos la última e indispensable de las islas de Cabo Verde, según veremos ya en el próximo episodio.

Publicado el 13.05.2021

Arribada a las Molucas



 



En cuanto a nuestros navegantes, llegaron a las Molucas, a Tidore, el 7 de noviembre de 1521. Según Pigafetta:



 



El piloto nos dijo que estábamos en las islas del Maluco. Dimos gracias a Dios, y como señal de alegría disparamos toda la artillería. No debe extrañar nuestro gran contento al ver estas islas, si se tiene en cuenta que hacía veintisiete meses, menos dos días, que corríamos los mares y que habíamos visitado una infinidad de islas, buscando siempre las Maluco”[1]



 



Los portugueses habrían propalado a los cuatro puntos cardinales que el tal archipiélago estaba situado en medio de un mar innavegable a causa de sus arrecifes y bajíos, con la atmósfera siempre empañada de espesas nieblas. Sin embargo, las dos naos, Victoria y Trinidad, fondearon sin dificultades en Tidore, cerca de tierra, con un calado allí de veinte brazas.



 



Al oeste de Gilolo (o Halmahera, ver mapa), la mayor de las Molucas, se extendía, de norte a sur, una cadena de cinco islas volcánicas cortadas por el ecuador: Ternate, Tidore, Motir, Pottehacker y Makian. Sus habitantes, de raza malaya, acababan de convertirse al Islam, y dentro del archipiélago, los sultanes de Ternate y Tidore, competían encarnizadamente por la hegemonía en la zona[2]. En las Molucas se criaba la especia más preciada del mundo: el giroflé o clavo, nombre que se le dio por su parecido con la pieza de hierro que sirve para clavar maderos.



 



Para los esforzados navegantes resultó familiar ser recibidos en Tidore por el sultán Almanzor (o Almansur, el Victorioso, bien conocido como caudillo cordobés del Califato), que no se opuso a que los recién llegados tomaran posesión de la isla en nombre del rey de España. Cuyos representantes le hicieron regalos de su cargamento de objetos de rescate, que llevaban a tales efectos: telas, vidrio, espejos, objetos de hierro, etc. A cambio, se obtuvo permiso del sultán para cargar las naos Victoria y Trinidad de gran cantidad de clavo (28 toneladas cada barco).



 



Con la prédica previa de las virtudes y ventajas de la monarquía española y del cristianismo que hicieron los navegantes, Almanzor expresó su deseo de convertirse en vasallo de Carlos I, e incluso cambiar el nombre de su isla por el de Castilla. Lo cual animó a otros reyezuelos cercanos, que fueron a conocer y rendir pleitesía a los castellanos durante su estadía en Tidore, que duró cuarenta días.



 



Los trabajos de los expedicionarios para reparaciones y carga de especias se aceleraron, al tenerse conocimiento, por un portugués, Pedro Alfonso de Lorosa, que vivía en Ternate, de que podría estar a punto de llegar una expedición lusa con la intención de capturar a los hispanos. Por ello, rápidamente, se llenaron las dos naos de especias, y también de alimentos (cocos, plátanos, cabras, gallinas, etc.), así como de agua, para el largo viaje de regreso.



 





Carta de Elcano al rey Carlos I, del 6 de septiembre de 1522. Del libro Los mapas y la primera vuelta al mundo, Instituto Geográfico Nacional, Madrid, 2019.



 



 



Ya con la salida casi a punto, el 18 de diciembre de 1521, Espinosa y Elcano recibieron la visita de varios caciques de la zona y de cientos de canoas que quisieron acompañar a los barcos hasta un islote llamado Mare, donde se estaba cortando leña para abastecer a las dos naos. Y fue precisamente en ese lugar donde se descubrió que la Trinidad tenía abierta una vía de agua, por lo que se decidió regresar a puerto.



 



Algunas cuadernas de la Trinidad se habían desencajado, seguramente debido al sobrepeso: imposible intentar navegar así. De manera que, sensatamente, se decidió que la nao capitana se quedara en Tidore para ser reparada. Y para no poner en riesgo los dos cargamentos y las dos tripulaciones, se acordó que la Victoria debía partir de inmediato, en tanto que la otra nao lo haría después de resolver su avería[1]. En esa decisión tuvo importancia el deseo de informar cuanto antes a Carlos V, sin tener que esperar a la reparación de la Trinidad.



 



La Victoria navegaría hacia el oeste por el Océano Índico y después, bordeando África llegaría a España. En tanto que la Trinidad lo haría hacia el este, para Panamá, gobernada entonces por Pedrarias. Conforme a Pigafetta:



 



Durante un tiempo se carenaría la Trinidad, que podrían aprovechar los vientos del poniente para ir a Darién, al otro lado del mar en la tierra de Yucatán. Aseguró entonces el rey de Tidore que disponía de un servicio de doscientos cincuenta carpinteros, a los que emplearía en este trabajo bajo la dirección de los nuestros, y que aquellos de nosotros que se quedaran en la isla serían tratados como sus propios hijos. Pronunció estas palabras con tanta emoción, que a todos nos hizo derramar lágrimas[2].



 



El 21 de diciembre de 1521 se produjo la triste despedida de los pasajeros de la nao Victoria que partían para Europa, dejando a los compañeros de la Trinidad pendientes de una navegación de lo más incierta a la lejana América.



 



En la Victoria iban 47 navegantes, a los que se agregaron 13 indígenas de ayuda en las faenas del barco[3]; cincuenta y un hombres se quedaban en el rol de la Trinidad en Tidore, pendientes de las necesarias reparaciones.



 



El día de separación, las dos tripulaciones estuvieron juntas, para abrazarse, entregar cartas con destino a España, y encomiendas de saludar a seres queridos. Dos años y medio de penurias comunes unían a esos 98 hombres en gran amistad. Y cuando la Victoria levó anclas, el 25 de enero de 1522, los que se quedaban en Tidore, remaron en botes y canoas malayas a los costados del barco, que se alejó lentamente[4].



 



LA GRAN DECISIÓN: DAR LA VUELTA AL MUNDO



 



Como el propio Elcano manifestó luego a Carlos V en su célebre carta: «Resolvimos, o morir, o con toda honra servir a Vuestra Majestad para hacerle sabidor de dicho descubrimiento, y partir [a España] con una sola nave».



 



¿Cómo se tomó la decisión de navegar por aguas del hemisferio luso, en contra de lo expresamente establecido en las Capitulaciones de Valladolid para no entrar en conflicto con Portugal? Magallanes, tan estricto como era, de haber llegado al Maluco, lo más seguro es que habría intentado regresar a España, cruzando de nuevo el Océano Pacifico en sentido inverso al que él había seguido meses antes, según lo oficialmente prescrito en las célebres Capitulaciones.



 



Muy otra fue la idea de Elcano, que había de hacer el retorno en la Victoria en solitario, por los problemas surgidos en la nao Trinidad: viajaría por la ruta del Índico más al Sur de lo habitual, a fin de no toparse con los portugueses.



 



La ruta finalmente seleccionada era más corta que a la ida (un 40 por 100 menos), algo muy importante, teniendo en cuenta no sólo informar cuanto antes en Sevilla, sino también las provisiones necesarias. Y quedó claro –como se dijo en la carta que Elcano escribió a Carlos V—, que iban a surcar la redondez de la Tierra. En definitiva, fue mérito exclusivo suyo, de Juan Sebastián Elcano, la decisión de circunnavegar el globo, a pesar de que el barco estaba en pésimo estado, con la tripulación mermada y marineros enfermos: no había otra solución. A última hora, Pigafetta decidió trasladarse a la nao Victoria. Para así, en su afán de conocedor, dar la vuelta al mundo; a pesar de que no simpatizaba con Elcano, a quien, ya se dijo, no mencionó ni una vez en su libro.



 





 



Escudo de armas de Juan Sebastián Elcano. Presenta, arriba, un globo terráqueo con la leyenda «Primus circumdedisti me» (fuiste el primero en rodearme), y el blasón de Castilla. En la parte inferior van los símbolos del más largo viaje: dos ramas de canela, tres nueces moscadas y doce clavos de olor. Del libro Los mapas y la primera vuelta al mundo, Instituto Geográfico Nacional, Madrid, 2019.



 



Al partir de Tidore, la Victoria navegó más de 500 millas náuticas a través de las Molucas del Sur (por el estrecho de Seram con una sola breve escala en Ambón), para luego entrar en el mar de Banda, y alcanzar finalmente la Isla de Timor. Bajaron a tierra y trataron con el cacique local, llamado Amaban, a fin de obtener agua y víveres[5]. En las islas del archipiélago de Timor reinaba el mal de Job[6], y en su narración, Pigafetta no rehuyó contar una costumbre de por allí, de lo más extraña:



 



Cuando los jóvenes se enamoran de alguna mujer y pretenden sus favores, se atan cascabelitos entre el glande y el prepucio, y van así bajo las ventanas de su enamorada, a la que intentan seducir con el tintín de los cascabeles sacudiendo el miembro… cuando ella consiente a sus deseos exige que no se los quite, porque les excita oír dentro de ellas ese sonido. Cuanto más se cubren los cascabeles más fuertes es el sonido que hacen[1].



 



Fue en Timor donde posiblemente se resolvieron las últimas dudas de Elcano, que, decididamente, planteó la ruta más segura para su tripulación. La nao Victoria navegaría por el Índico, y por el Atlántico después, hasta España: 12.800 millas náuticas. Una navegación durante la cual habían de evitar ser apresados por barcos del rey Manuel I de Portugal[2]. De lo que no cabe duda es que si hubiera preferido seguir la ruta por el Estrecho de Magallanes, Elcano seguramente habría sido el descubridor de Australia.



 



El martes 11 de febrero, ya en la noche, tras diecisiete días de estadía para repostar, la nao Victoria levó anclas de Timor y entró en mar abierto, con rumbo al poniente, dejando atrás, muy al norte, todo el rosario de islas de Sumatra, Java, Bali y Flores[3]: bajaron al paralelo 40ºS; los rugientes cuarenta, que dirían después los holandeses.



 



Es verdad que inicialmente llevaron a bordo alimentos para cinco meses, sobre todo abundancia de carne. Pero en Timor no encontraron sal, y con la acción del sol abrasador, las viandas se descompusieron rápidamente.  Hasta el punto de que para salvarse del hedor pestilente de la descomposición, hubo que echar al mar tan grande provisión[4].



 



En la larga navegación, hubieron de resistir temperaturas extremas y trabajo excesivo para la tripulación, que fue menguando en número, por las continuas muertes imputables, otra vez, al escorbuto, a pesar de que la travesía se vio favorecida por los monzones de verano.



 



En la información de que disponemos del largo tramo de navegación Timor/Cabo Verde (153 días, algo más de cinco meses), se echa de menos cualquier dato sobre cómo contribuyeron la pesca y la lluvia para disponer de alimento y agua. Cabe suponer que fue un capítulo importante, sin el cual la supervivencia habría sido imposible.



 



Ya al otro extremo del Índico, a la altura de Madagascar, en situación de grandes carencias de agua y vituallas, y en riesgo continuo de caer en manos portuguesas, Elcano preguntó a sus hombres sobre si debían pisar tierra. Se decidió seguir adelante, a pesar de la dureza en que se desarrollaba el viaje. Y lo mismo volvió a suceder frente a Mozambique. Según Pigafetta[5]:



 



Algunos de nosotros, y sobre todo los enfermos, hubiéramos querido tomar tierra en Mozambique, donde hay un establecimiento portugués, porque el barco tenía vías de agua, el frio nos molestaba mucho y, sobre todo, porque no teníamos más alimento que arroz ni más bebida que agua… Sin embargo, la mayor parte de la tripulación, esclava más el honor que de la propia vida, decidimos esforzarnos en regresar a España cualesquiera que fuese en los peligros que tuviéramos que correr.



 



Seguiremos la próxima semana, y en el interim los lectores de Tribuna podrán conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.



 



 



 





[1] Antonio Pigafetta, “Primer viaje en torno del globo”, ob.cit., pág. 317.



[2] Consuelo Varela, “La llegada a España”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 281 y sig.



[3] Antonio Pigafetta, “Primer viaje en torno del globo”, ob.cit., pág. 321.



[4] Stefan Zweig, Magallanes…, ob.cit, pág. 256 y sig.



[5] Enrique Martínez Ruiz (Director), Desvelando horizontes. La circunnavegación de Magallanes y Elcano, Fundación Museo Naval, Madrid, 2016, pág. 701.



 





[1] Emma Lira, “La primera vuelta al mundo: el regreso”, National Geographic, octubre 2019.



[2]Antonio Pigafetta, “Primer viaje en torno del globo”, ob.cit, páginas 302 y 303.



[3] José Calvo Poyato, La ruta infinita, HarperCollins, Madrid, 2019, pág. 415.



[4] Stefan Zweig, Magallanes., ob.cit. , pág. 250 y sig. Stefan Zweig sí cita a Elcano en su libro, a diferencia de Pigafetta, pero no supo valorar su importancia, por el hecho de que fue Elcano quien decidió dar la primera vuelta al mundo.



[5] Antonio Pigafetta, “Primer viaje en torno del globo”, ob.cit., págs. 314 y 315.



[6] El mal de Job, o portugués, era la sífilis, que se había extendido en las Molucas y en las Filipinas al comienzo del siglo XVI.



 





[1] Antonio Pigafetta, Primer viaje en torno al globo, ob.cit., pág. 282.



[2] Juan Gil Fernández, “Los comienzos de la carrera por la Especiería”, ob.cit., pág. 39 y sig.


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