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Feliz con poco

Félix Martín Santos
@FMSFelizconpoco

Ruta de Valero a la cascada de la Palla

Los valeranos, desde tiempos inmemoriales, obtuvieron riqueza de terrenos quebrados y arriscados mediante un sistema ingenioso y sostenible de producción agropecuaria que ha permitido conservar un rico patrimonio medioambiental, como el que puede observarse al recorrer el trayecto desde su casco urbano hasta los diversos regatos, que fusionando sus aguas, acaban originando el arroyo de la Palla que, poco antes de desembocar en el río Alagón, despeña sus aguas para engalanarse en la chorrera homónima.

Si efectuamos los poco más de 9 kilómetros que separan estos hitos entenderemos por qué estas tierras forman parte de la Reserva de la Biosfera de las Sierras de Béjar-Francia (UNESCO, octubre 2006). 

 

Aunque han sido varias las veces que he disfrutado efectuando esta ruta,  hay una de la que guardo un especial recuerdo, la que hice durante un cálido día de julio del 2018, acompañado de mi buen amigo Rafael Navarro, natural de Valero, que conoce la Sierra de las Quilamas como la palma de su mano, merced a que la recorrió múltiples veces en su infancia y adolescencia, mientras ejercía precozmente su antiguo trabajo de cabrero. Actualmente, cuando su trabajo de apicultor se lo permite, le gusta emprender rutas por parajes tan queridos, para deleite de los que tenemos la suerte de acompañarlo.

 

Una vez en Valero, debemos acceder por el primer camino  que surge a nuestra derecha, nada más pasar el puente sobre el río Quilamas, tras dejar la carretera que nos conduciría hasta el Piélago, paraje ubicado unos 6 kilómetros valle abajo, próximo al punto en el que el río Quilamas vierte sus aguas al Alagón.

 

Al poco de ascender por nuestro sendero nos topamos, a nuestra derecha, con las ruinas de una antigua tahona de pan y, a continuación, con una nave que resguarda cajas de  colmenas. Rafa, atento a todo detalle, me refiere que estamos caminando por  el denominado Teso de las Leguas.

 

Piscinas naturales de Valero. 26-07-2018

 

Cuando el camino se torna más estrecho y empinado, a los doscientos metros del inicio, aparecen a nuestra derecha, las piscinas naturales de Valero, formadas en una zona llana, donde el agua del río Quilamas se remansa lo suficiente como para permitir el baño de niños y mayores. Posteriormente, cuando el camino traza una curva a la izquierda de 180 grados, mi amigo me señala la ladera opuesta del valle Quilamas para referirme: “Allí, debajo de una vieja encina, se halla la fuente La Zarza, donde de niño, con cinco o seis años, ayudaba a mi madre a lavar los calcetines. Aunque tal oficio me duró poco, pues ya a los diez años estaba recorriendo estas tierras mientras cuidaba  las cabras de mi padre.”

 

Ladera del valle Quilamas donde se halla la fuente La Zarza.

 

Una vez trazada la pronunciada curva, nuestros pies se deslizan sobre grandes losas de pizarra, mientras contemplamos a nuestra izquierda, el caserío de Valero, panorámica que nos acompañará durante un corto trecho, justo hasta entrar en el pago de la Rosa Olivera, en el que dejaremos de verlo, momento en el que ya habremos recorrido casi medio kilómetro (420 metros).

 

Enseguida vemos, a nuestra izquierda, rechonchos olivos subsistiendo en bancales creados por el esfuerzo de los laboriosos valeranos. Mientras avanzamos, Rafa, me señala, a nuestra derecha, el paraje en el que antaño enterraban a los niños que morían antes de recibir el agua del bautismo. Ante mi extrañeza, Rafa, completó esta información con otra aún más lóbrega: “Ahí enterraban a los niños, como te decía, mientras que a los que se suicidaban ahorcándose se los sepultaba en el Corral del Concejo, situado en otro lugar de Valero”.

 

A los seiscientos metros de recorrido se observa, a nuestra derecha, al noroeste, el pico Porrejón y el repetidor de Valero, ubicado en terrenos de San Miguel. Tras progresar un trecho más, debemos superar una curva de 90 grados, a nuestra izquierda, para ascender en sentido sureste, rodeados de matas de mejorana, cantueso y siempreviva. El zigzagueante camino parece jugar con nuestra orientación, pues enseguida vuelve a virar otra vez (unos 180 grados) para abocarnos, ahora, hacia el noroeste, momento en el que empezamos a ver bastantes ejemplares de jara, brezos, retama y madroños, que acompañan a viejas encinas.

 

El bastón de Rafa señalando la viña el Encinar, el Cerro Chico, el regato de Carabo…

 

Valle de Carabo

 

Cuando llevamos recorrido un kilómetro, entramos en la ladera de Carabo, por la que discurrimos contemplando, a nuestra derecha, parajes de sonoros nombres que Rafa me describe con gran conocimiento: “Mira Félix, ahí abajo, a nuestra derecha, al norte, vemos el Cerro Chico, la viña el Encinar, el regato de Carabo, que antes llevaba muchas truchas; y por aquellos alisos viene el río Quilamas.”.

 

Rafael Navarro mirando la montaña donde nace el regato de Carabo, junto a una finca de su propiedad donde conviven cerezos, castaños y guindos.

 

 Valle de Carabo. Sierra de las Quilamas.

 

Encinas y castaños, algunos secos, en una ladera del valle de Carabo (ampliación:56 aumentos)

 

Después de ascender un tramo más, se puede observar más nítidamente el valle de Carabo, formado por el regato homónimo, cuyo manantial o fuente de origen está ubicada en una tierra de Rafa, donde conviven castaños, cerezos y guindos. Más arriba, al noroeste se dejan ver Castildecabras, debajo del pico Cervero, y la vaguada de la chorrera de Jigareo, cuyas rutas de acceso fueron, en su momento, descritas en este mismo blog. 

 

Sierra de las Quilamas: Castildecabras debajo de la mole del pico Cervero

 

Abejas a la mela de la encina y avispones europeos

 

Después de progresar un poco más por una de las laderas del valle de Carabo (sureste), Rafa se para junto a una encina, aguza su oído y, luego, dice : “Ya están las abejas a la mela de las encinas. Pero lo que temo es que en el agujero de ese tronco críen tabarros florentinos, que son tan malos como la avispa asiática, pues si te pica te meten mucho veneno y, encima, matan a las pobres abejas, cortándoles la cabeza.”

 

En realidad, mi amigo se está refiriendo al avispón europeo (Vespa crabro), la mayor avispa eusocial de Europa, autóctona de estas tierras, cuya reina llega a alcanzar grandes dimensiones (25-50 mm), aunque los machos como las obreras son de menor tamaño.

 

A pesar de que nuestro avispón disfruta depredando abejas, también consume otros insectos y ejerce un cierto papel polinizador. Además, dado su fuerte carácter territorial, no deja que otros avispones más voraces  invadan su territorio de caza y  nido, como el  avispón asiático (vespa velutina). En consecuencia, si elimináramos avispones autóctonos, su nicho quedaría libre y accesible para estas especies foráneas, que están causando verdaderos estragos en las colmenas de la fachada norte peninsular.

 

Pago del Chinagal o de los pizarrines

 

Cuando llevamos andado como un kilómetro y medio entramos en el pago del Chinagal o de los pizarrines, incluido en el valle de Carabo, donde antaño muchos valeranos cogían  trozos estrechos y puntiagudos de pizarra, que utilizaban como lápices para escribir en el encerado o en las planas pizarras que utilizaban en la escuela.

 

Rafa mostrando un pizarrín recién cogido del valle del Chinagal

 

Mientras ascendíamos veíamos, a nuestra derecha, la otra ladera del valle de Carabo, donde destacaba el surco formado por el regato recién nacido, que divide la montaña en dos sectores: el de la izquierda, desde nuestra perspectiva, es el Frontal de Carabo, en tanto que el de la derecha es la Solana de Carabo. En ese momento, la memoria de Rafa empieza a destilar recuerdos de su mocedad: “Cuántas veces nos levantábamos a las cinco de la mañana para ir a coger las cerezas de los buenos y cuidados cerezos que teníamos en la tierra que ves allí. Siempre madrugando para que el sol de junio y de julio no nos abrasara. Y menos mal que teníamos a mano la fuente en la que nace ese regato, que adecentábamos para formar una especie de palangana en la que podíamos beber más cómodamente.”

 

Sierra de las Quilamas: Rafa en la parte final de la ascensión por el Chinagal (valle de Carabo) 

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: Encina de gran porte, ubicada en la parte final del Chinagal

 

En pos del pinar del Robladillo

 

Cuando llevamos dos kilómetros de ruta, nos sorprende, a nuestra derecha, una encina de gran porte. Tras avanzar un poco más, vemos, a nuestra izquierda, restos de carboneras entre madroños y encinas, que nos acompañan durante un tramo más o menos rectilíneo hasta llegar a  una empinada curva de unos 90 grados, a nuestra izquierda, la cual superamos para seguir ascendiendo por un lecho pedregoso que nos aboca hasta una bifurcación: a la derecha, el camino que lleva a la cumbre del pico del Castillo y, luego, a los pueblos de Cilleros y de La Bastida; a la izquierda, el sendero de nuestra ruta, donde inmediatamente nos da la bienvenida el pinar del Robladillo. En este momento, tras andar dos kilómetros y medio desde nuestro punto de partida, accedemos al punto más alto de este recorrido: 850 metros.

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: Caminando entre encinas  y madroños.

 

Bifurcación. pico del Castillo, a la derecha;  ruta a la cascada de la Palla, a nuestra izquierda. 26-07-2018

 

Durante ciento cincuenta metros el camino está sombreado por las acículas de las coníferas del pinar del Robladillo y por las planas hojas de unos pocos castaños que asoman a nuestra izquierda.

 

Castaños a la izquierda del sendero del pinar del Robladillo.

 

Antaño, la superficie aledaña a este pinar estaba sembrada de fresas. Ahora, en cambio, el matorral y jóvenes pinos se enseñorean del lugar.

 

Valle de Nogales: vestigios de la riqueza vitivinícola de Valero

 

Nada más salir del pinar, accedemos al denominado valle de Nogales, que ocupa amplias superficies a nuestra izquierda y, sobre todo, a nuestra derecha, donde gran parte de las laderas estaban cubiertas por viñas.

 

Valle de Nogales. Ruta de Valero a la cascada de la Palla

 

Al poco de descender en dirección suroeste, entramos en el pago de Nogal Calabero, donde Rafa vuelve a destacar la antigua riqueza agrícola de Valero: “Si por cada kilo de uvas que cogíamos en esas lomas que ves a tu derecha nos pagaran un euro, ahora tendríamos más dinero que el dueño de Zara”.  Para aclarar mis dudas ante tamaña afirmación, me respondió con convicción: “Por aquí, en el tiempo de la vendimia, pasaban cada media hora seis mulos con noventa kilos de uvas a cada lado. Y así hacíamos cinco viajes por día”.

 

Valle de Nogales: El Mosquito, debajo de la peña de Garcigüey. Sierra de las Quilamas.

 

A continuación, ante mi insistencia por conocer los diversos nombres de las tierras del rico valle de Nogales, Rafa se rascó la mollera y tiró de memoria: “Mira, allí, a la derecha, debajo del pico del Castillo, está La Ro Miguel; aquí abajo, Nogal Calabero, como te he dicho antes; aquella tierra del fondo es el Mosquito, donde mi padre tenía unos cerezos, último terreno de Valero,  pues la peña que ves por encima ya es de Garcigüey; lo que ves en aquellas lomas de la izquierda corresponde a Las Eras. Y dominándolo todo, tienes las laderas y el pico del Castillo”.

 

Corretajero

 

A continuación, descendimos abruptamente durante un corto trecho, para enseguida caminar por un falso llano rodeados de encinas, madroños y jaras. Mientras tanto, Rafa, no dejaba de ensalzar la calidad de la uva del valle de Nogales, tanto de la variedad blanca, de Rufete, como de la tinta,  con las que obtenían un buen vino, gran parte del cual lo destinaban a la venta, con objeto de enderezar su economía. Para tal fin, se valían de una figura singular, la del corretajero, palabra que no hallé en el diccionario de la lengua española, mas sí la de corretaje.

 

Rafa me explicó la transacción con su habitual desenvoltura:Cuando queríamos vender nuestro vino hablábamos con el corretajero, que era un señor del pueblo, Agustín en mi época, que estaba siempre pendiente de los forasteros que acudían para comprar vino u otro tipo de bienes. Muchas veces los estaba esperando a la entrada de Valero, otras veces, ellos entraban y preguntaban por él. Así cuando querían comprar, imagínate veinte cántaros de vino, los llevaba directamente hasta nuestra casa donde le vendíamos los cántaros que nos sobraban. Ahora, esto no era gratis, pues él nos cobraba una comisión por facilitar la compra. Pero así todos salíamos ganando”.

 

Mientras avanzábamos por el estrecho sendero vimos varias matas de carquexia (Genista tridentata), momento que aprovechó Rafa para ilustrarme sobre las plantas más nutritivas, las que consumidas por las cabras servían para aumentar el rendimiento y la calidad de la leche: “Mira, cuando las cabras comían carquexia, la semilla o grana de la jara o las propias bellotas, daban una leche de más grado, todo cuajo, todo masa, con la que podíamos hacer un queso con la mitad de leche. Por ejemplo si lo habitual era emplear 8 litros para un queso, si habían comido mucho de estas plantas lo hacíamos con 4 litros.”

 

Con lo mencionado hasta ahora, es fácil entender que caminar con Rafa por la Sierra de las Quilamas es hacerlo con un ser entrañable que continuamente nos transmite su conocimiento, una cultura primigenia recibida de sus mayores, que les permitía aumentar el rendimiento agrícola y ganadero, así como  hacer más llevadera la vida en un medio tan quebrado, donde era preciso ganar cada metro de tierra a la inhóspita montaña, construyendo bancales para plantar viñedos, olivos y otros árboles frutales.

 

Descendiendo por la ladera de Los San Martines

 

Cuando llevamos caminado 3.300 metros empezamos a descender por la ladera de “Los San Martines”, justo donde se observan los restos de una cerca, la que resguardaba el prado del tío Adolfo.

 

Aunque todas las viñas se perdieron, aún queda algún vestigio, como bien me indica Rafa al señalarme, a nuestra derecha, los restos de la viña del tío Mingo. También me refiere que en esta zona en declive del valle de Nogales había huertos donde plantaban cerezos, castaños y nogales, bien fertilizados por regatos, los de La Barbancha, ubicado en el paraje de Barjondo, y el del Nogal Calabero, donde mi amigo pescaba pequeños barbos, bogas y unos peces a los que llama gallegos.

 

En lontananza el surco que forma el regato de la Barbancha, que nace en el alto de Barjondo.

 

Progresamos un poco más entre las omnipresentes encinas, aún por la ladera de Los San Martines, donde Rafa me señala varias zonas en las que sesteaba con las cabras en su mocedad.

 

Ruta de Valero a la cascada de la palla: Zona en la que confluyen los regatos de Nogal Calabero y el de la Barbancha.

 

De esta suerte, llegamos a la confluencia del regato de La Barbancha, más caudoloso, y el del Nogal Calabero, cuya agua solían retener en pequeñas pozas para regar los huertos aledaños, donde cosechaban buenas patatas, fréjoles y alubias. El regato resultante de esta confluencia se llama, según Rafa, regato de Los San Martines, haciendo honor al paraje en el que surge.

 

Tras avanzar un tramo más, observamos una poderosa encina, con algunas ramas secas y, luego, un alcornoque, ambos a cierta distancia, a nuestra derecha.

 

Centenaria encina próxima a la confluencia de los regatos de La Barbancha y del Nogal Calabero

 

Alcornoque en la ladera de Los San Martines.

 

A continuación, progresamos entre helechos y brezales durante un corto tramo hasta que el camino es sustituido por el estrecho cauce del regato de Los San Martines, que salvamos fácilmente,  con un simple salto, para proseguir con nuestra ruta. Mientras  el agua acaricia nuestro oído con su agradable murmullo y  nuestro olfato resulta agasajado por el refrescante aroma de la mejorana y  de la menta silvestre, aprovecho para hacer unas fotos del lugar.

 

El regato de los San Martines atravesando el camino.

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: El regato de los San Martines cruzando el camino.

 

Nada más atravesar el regato de Los San Martines, una encina nos muestra su tronco cubierto de musgo, visible también en parte de las piedras que nos sirven de natural pavimento, reflejando la humedad del lugar y el azote del norte. Aunque nosotros, ahora, nos dirigimos hacia el sureste. Justo en este momento llevamos recorrido cuatro kilómetros ciento treinta metros y estamos a una altitud de 730 metros, según las aplicaciones de mi móvil.

 

Enseguida vemos a nuestra izquierda dos antiguas plantaciones de árboles frutales que subsisten por el vigor de su porte y por la labor de sus poderosas raíces, instante que Rafa aprovecha para decirme los nombres de sus antiguos dueños, los que los poseyeron y cuidaron cuando él era un mozalbete: “Mira, esos son los nogales del tío Ambrosio y los que ves a continuación son los cerezos del tío Pablo. Y fíjate bien en esa lancha de piedra, porque es el mojón que separa los dos huertos.”

 

Nogales del tío Ambrosio

 

A pesar de la dejadez y de la inquina del tiempo, aún subsisten seis nogales vigorosos, con algunas ramas secas, que dan lustre al huerto del tío Ambrosio. A continuación, vemos  un huerto con cerezos y, luego, una choza, un tanto escondida y oculta por altos helechos, la del tío Pablo, construida como habitación de descanso y para protegerse de las inclemencias del tiempo, sobre todo, de las temibles tormentas.

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: Rafael Navarro junto a la choza del tío Pablo

 

Una larga viga de castaño sirve de dintel de la puerta y da soporte a una techumbre de madera y de lanchas de pizarra junto a una oxidada lámina de hierro.

 

Jabonera o saponaria en el regato de la Ganchera

 

Avanzamos unos metros más y nos topamos con la confluencia o convergencia del regato de los San Martines con el regato del Mosquito, uno viene del noroeste y el otro del norte, de la cual resulta el regato de la Ganchera. Digo confluencia y no desembocadura porque, según Rafa, tales  uniones fluviales originan nuevos cauces con distintiva denominación.

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: convergencia de los regatos del Mosquito y de los San Martines.

 

Confluencia de los regatos de los San Martines y el del  Mosquito, originando el regato de la Ganchera

 

Al poco de nacer, el regato de La Ganchera nos muestra una planta con un tallo verticilado, de hojas lanceoladas, que acaba en un ramillete de flores de cinco pétalos, rosa pálidas. Es la saponaria o jabonera (saponaria officinalis), que Rafa  denomina “flor de jabón de burro”. Ante mi sorpresa por tan singular denominación, mi amigo procede a hacerme una demostración: coge un manojo florido, lo introduce en el nuevo cauce, frota sus manos con él y, al instante,  se cubren de blanca y abundante espuma.

 

Rafa mostrando sus manos cubiertas de espuma tras frotarse con el "jabón de burro"

 

Ruta de Valero a la cascada de la Palla: Jabonera,  junto al regato de la Ganchera,que surge al confluir los regatos del Mosquito y el de los San Martines.

 

Al poco de caminar paralelos al regato de La Ganchera, a nuestra izquierda,  se suman a los múltiples helechos varias matas de torvisco al tiempo que el sendero se cubre de pinocha procedente de los pinos que se extienden por la ladera situada a nuestra derecha. En este momento hemos caminado cuatro kilómetros y medio.

 

Torviscos y helechos orlando el camino, paralelo al regato de la Ganchera.

 

A partir de ahora el sendero se empina, cobramos distancia con respecto al cauce del regato de La Ganchera y empiezan a mostrarse grandes farallones de pizarra, que parecen auténticos ganchos pétreos que protegen la orilla izquierda del citado regato.

 

Farallones pizarrosos resguardando el regato de la Ganchera.

 

Nuestro alegre caminar se ve interrumpido por la presencia de un arrendajo muerto, a un lado del camino, y, más tarde por la aparición de una fornida encina, mostrando su hueco tronco en el que Rafa se acopla para hacer las fotos de rigor.

 

Arrendajo muerto en el camino que sobrevuela el regato de La Ganchera.

 

Rafa acoplándose al hueco tronco de una encina por encima del regato de la Ganchera.

 

Inmediatamente, aparecen vigorosos pinos a ambos lados del camino, y, enseguida, dejamos abajo, a nuestra izquierda, los castaños del tío Martín. Cuando hemos caminado poco menos de un cuarto de kilómetro con respecto al punto anterior, llegamos a una bifurcación: a la izquierda, el camino de nuestra ruta a la chorrera de la Palla; a nuestra derecha, asciende el viejo camino que conducía a Garcigüey y Sequeros, que era el que debían tomar los vecinos de San Miguel y de Valero cuando se veían forzados a resolver litigios judiciales, pues en Sequeros, antigua cabeza de partido, se hallaba el juzgado.

 

Bifurcación de la ruta a la cascada de la Palla, a la izquierda, por donde va Rafa, y la del camino de Garcibüey y Sequeros, por la derecha, en leve ascenso

 

Bueno, como aún queda mucho que relatar, para evitar cansar al personal, narraremos el resto de la ruta en una segunda parte, que se publicará el primer jueves del mes próximo.

                                                       

Dr. Félix Martín Santos

Comentarios

Sara Eguiluz 27/09/2019 09:39 #8
Mientras leía esta narración me relajaba y entretenía gratamente, tanto como para intentar visitar alguna vez estas agrestes y bellísimas zonas que describes, en la Sierra de las Quilamas. Es muy buena tu narración, dominas los recursos y estrategias para motivar al lector, para concentrarse en la lectura y darle pena de que se acabe. Esperaré con ganas la segunda parte. Muchas gracias.
María Jesús Hernández 16/09/2019 15:19 #7
Bonito paseo por la Sierra de las Quilamas con su tapizado de plantas aromáticas como la mejora, el brezo y la menta, disfrutando a la sombra de las encinas, madroños y castaños, bajo el murmullo de las aguas. En tu artículo destacas la compañía y la sabiduría popular de tu amigo Rafa, con un sinfín de curiosidades y conocimientos recibidos de sus progenitores respecto a la agricultura y la ganadería. He tenido un recuerdo para la antigua pizarra enmarcada en madera en la que se escribía con un pizarrin. Muchas gracias Félix por tu generosidad
josegutis@hotmail.com 05/09/2019 23:43 #6
Muy bien relatado
Javier 05/09/2019 17:39 #5
Preciosa ruta Félix, y preciosa descripción, tal y como nos tienes acostumbrados. Se ve como te gusta la naturaleza y lo que la disfrutas. Enhorabuena!!!
Olga Pérez 05/09/2019 13:45 #4
Es un gran placer leer este tipo de artículos, pues además de aprender mucho, disfruto momento a momento, según lo voy leyendo, gracias a tu atinada y apasionada descripción. Es una suerte que haya gente como tú, que recoge y describe parajes únicos, toponimias a punto de olvidarse, gracias a cultivar la amistad de gente tan singular como tu querido amigo Rafa. Deberías pensar hacer algún libro con estos artículos que te publican en Tribuna. De verdad, merece mucho la pena. Sería un magnífico complemento a tu labor divulgativa en este gran medio digital.
Sara Martínez Hortigüela 05/09/2019 12:50 #3
Después de leer esta maravillosa ruta, intentaré viajar a esas Quilamas para emular el viaje que has descrito tan bien, didáctico, motivador y con conocimiento literario y de flora y fauna, en compañía de ese ser tan especial, tu amigo Rafa. Es una pena que la gente olvide nombres toponímicos antiguos, pues los más jóvenes los desconocen absolutamente. Por eso, creo que este artículo tiene un gran valor: recordar parajes y lugares arcanos con el nombre que desde tiempos inmemoriales se han ido pasando de una generación a otra. También destaco tu admiración y amor por esas tierras y por esa extraordinaria gente: los naturales de Valero. Me has dejado esperando con ansiedad y ganas la continuación, esa segunda parte, que se publicará en octubre. Enhorabuena por tu gran trabajo, digno de encomio. Muchas gracias.
Inmaculada Hernández 05/09/2019 12:25 #2
Félix muy interesante la descripción de Valero a la cascada de la Palla, muy bien ilustrada, preciosas las fotografías y muy simpática la de tu amigo Rafa Navarro en el tronco hueco de la encina. Da gusto leer los comentarios de este valerano gran conocedor de toda la zona, a la que se refiere con mucho cariño y deseo de dar a conocer todos los tesoros que encierra. Sin duda dejáis constancia de que el esfuerzo, el amor y cuidado de la naturaleza, son capaces de hacer productivo un terreno inhóspito. Ha sido un deliciosos recorrido por encinares, arroyos, farallones de pizarra, valles, sierras de espléndidos picos, que llena de paz el espíritu al tiempo que nos permite gozar de los agradables olores de sus plantas aromáticas, inunda nuestros pulmones de aire fresco, recrea nuestra mirada con bellas imágenes y ejercita la voluntad al caminar por terrenos pedregosos y empinados. Hemos aprendido cosas curiosas: productividad de las vides, enterramientos, flor de jabón de burro, tipo de vegetación y relieve... Y hemos disfrutado mucho. Mil gracias por tu constante estudio y divulgación de tus magníficos conocimientos
Miguel 05/09/2019 09:38 #1
Qué fantástica descripción !!!! Felix, como siempre. Y conociendo esos terrenos, se disfruta el doble. Ni que decir tiene, que la adquisición de esa cultura primigenia que describes, caminando con Rafa, repleto de ella, hace el camino una delicia. Enhorabuena a los dos y gracias, también a los dos, por enriquecernos con estos relatos. Un abrazo.

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