Mogarraz, el pueblo donde las casas tienen rostro
Existe un pequeño y precioso municipio en la provincia de Salamanca donde las fachadas de las casas, casi como las de los cuentos, tienen ojos, boca y rostro. Donde no hace falta imaginar quiénes las habrán habitado en el pasado, sino que son ellos mismos los que, desde sus gigantescos retratos, dan la bienvenida y miran acogedores a los viandantes que se acercan hasta allí. Se trata de la localidad de Mogarraz, en la comarca de la Sierra de Francia, que desde 2014 ostenta la distinción de ser uno de los Pueblos más Bonitos de España.
La Villa de Mogarraz forma parte del Parque Natural de Las Batuecas, y preserva una larga tradición artesana de orfebrería y bordados. Está ubicada a 80 km de la capital charra, y fue declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico Artístico en 1998. Cuenta con unas magníficas edificaciones serranas populares que lucen escudos heráldicos, con entramados de madera, piedra y adobe, y cuyos balcones están decorados con flores y mantones.

Pasear por las calles de Mogarraz es hacerlo por una galería de arte viva, un auténtico museo al aire libre que atesora la memoria de su historia reciente. Una iniciativa que comenzó oficialmente el 26 de mayo de 2012 como una exposición temporal de seis meses de duración y se programó solo hasta el 30 de noviembre, pero que ha terminado convirtiéndose en un emblema de dicha población salmantina, prolongándose en el tiempo hasta el día de hoy y de manera indefinida.
El proyecto hunde sus raíces medio siglo antes, cuando en otoño de 1967, un reportero gráfico aficionado natural de Mogarraz, Alejandro Martín Criado, que a la sazón contaba con 50 años, regresó a afincarse a la península tras una vida profesional en aviación en Canarias, trayendo consigo de allí una cámara de fotos Yashica 44LM de dos lentes, que había adquirido y aprendido a manejar a través de cursos.
Por encargo del regidor de Mogarraz de entonces, el doctor Isidoro Herrero Francisco, se ofreció a la población que Martín Criado realizara las instantáneas de quienes desearan posar con objeto de no tener que desplazarse hasta Béjar para ello, de cara a la elaboración o renovación de sus documentos de identidad. 388 mogarreños adultos del momento, la práctica totalidad del censo de mayores de edad no emigrados a grandes urbes por el éxodo rural, o a países extranjeros como Francia, Alemania o Argentina, fueron retratados con la cámara instalada sobre un trípode. El artista plasmó sus imágenes en blanco y negro, teniendo como fondo una sábana alba colgada en la trasera de su casa del barrio del Altozano, sobre una pared de la huerta, y posteriormente conservó los negativos.

Parte de la población no fue informada de antemano de que se les captarían las fotografías, por lo que no tuvieron ocasión de prepararse y acicalarse previamente, siendo las instantáneas muy fidedignas de la domesticidad y cotidianeidad reales.
Más de una década después, el fotógrafo Martín Criado sería elegido primer alcalde de la democracia en Mogarraz por amplia mayoría, y ejercería el bastón de mando entre 1979 y 1983, habiéndose presentado a las primeras elecciones municipales libres por la UCD de Adolfo Suárez. Hacia 1975, en un traslado en Madrid, justo antes de establecerse definitivamente en Mogarraz, Martín Criado había decidido deshacerse de muchos de sus negativos almacenados y tiró a la papelera la caja del pluviómetro que custodiaba en el sótano de su casa, donde había guardado los rollos de negativos de los retratos de los mogarreños para el carné de identidad. Discretamente los indultó su esposa, Ángeles de Nacimiento Lorenzo, "Ita", con miras a que su hija de entonces tres años, Carolina Ángeles Martín de Nacimiento, "Angelines", conociera la radiografía social de sus convecinos mogarreños. Pero el destino reservaba un injusto desenlace a la niña, que falleció con solo 15 años.
Mucho más tarde, en 2008, el pintor y profesor de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca Florencio Maíllo Cascón, también oriundo de Mogarraz, recibió los negativos de aquel trabajo pionero, y tuvo la afortunada idea de convertir cada fotografía en un retrato a color, un proyecto que denominó Retrata2/388, y que le llevó cuatro años de intensa labor hasta su inauguración. Cada rostro fue reproducido pictóricamente con todo detalle y el mayor respeto, logrando gestar una auténtica obra de arte para recordar a esos guardianes de Mogarraz, quienes se quedaron en el lugar cuando comenzó a vaciarse por verse muchos acuciados por su situación vulnerable a salir a buscar otras oportunidades lejos de él.

Las pinturas se efectuaron al óleo sobre chapas metálicas de gran tamaño reutilizadas, con las que en el pasado se aislaban las casas de las inclemencias de la climatología, siguiendo la técnica de la encáustica, que aplica cera fundida de abejas, resina y pigmentos como aglutinante, sobre un soporte rígido y caliente para endurecerse. Así, se producen colores vibrantes en obras duraderas y resistentes a los rigores meteorológicos.
Cada retrato fue donado por el artista a la persona representada, si seguía viva, o a sus familiares en caso contrario, con la propuesta de que lo colgasen durante el período expositivo en la fachada de la casa en la que vivió o donde residen actualmente sus descendientes. La mayoría de ellos accedieron a participar. Pero el alcance de la iniciativa desbordó incluso las previsiones más optimistas, al decidir los moradores no retirarlos pasado el plazo inicialmente previsto para la exposición, y además pedir otros muchos lugareños que Florencio Maíllo retratase a personas de Mogarraz que no fueron reflejadas en la sesión fotográfica de Martín Criado. Así, la muestra fue incrementándose y creciendo exponencialmente con el tiempo desde los 388 iniciales hasta contar en la actualidad con más de 800 retratos a distintos tamaños, distribuidos pendiendo de las casas de cada uno o de la torre de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Nieves, en el caso de las personas cuya vivienda no se conservase. Cada uno de los cuadros lleva la inscripción del nombre del retratado.

El apoyo de los habitantes del municipio ha convertido a esta instalación en un testimonio sin parangón de la riqueza y diversidad de su comunidad humana, el reflejo emocional de la memoria gráfica de un pueblo, de enorme valor etnográfico y antropológico. El proyecto artístico a tan gran escala ha supuesto la transformación de la localidad con el auténtico revulsivo de adornar y personalizar los muros plasmando tangiblemente en ellos el alma de todo un grupo humano, lo que además ha aumentado considerablemente el flujo turístico.
La sensación al caminar por las calles de Mogarraz es encontrarse entre las páginas de un álbum de fotos que cobra vida, sin saber quién sea el observado y el observador. Quienes ya se marcharon por ley de vida, siguen estando en su pueblo, en una suerte de comunión entre vivos y muertos. Visitantes de todo el mundo se han acercado a la villa para descubrir fascinados esta propuesta artística única, recogida en medios de comunicación nacionales y extranjeros. Cada efigie narra su propia historia con total autenticidad y, en la suma de todas ellas, la común del pueblo es contada por las mismas gentes que alumbró, a través de sus más de mil ojos. Y el proyecto está en continua evolución, al irse incorporando más imágenes con el tiempo a partir de peticiones de la población para inmortalizar a sus antepasados y que queden así ligados para siempre a esa gran sala de exposiciones a cielo abierto que ha conformado Mogarraz, para perpetuar y poner en valor el acervo colectivo y dignificar a personas anónimas de a pie que sostuvieron su devenir diario.

Recorrer las estrechas calles y ver los retratos no es solo un viaje al pasado, sino también hacer actuales a sus protagonistas. Museo viviente con valor documental, el pueblo es arte por sí mismo. Mogarraz impresiona, las miradas de las generaciones que han ido pasando atrapan, cautivan y siguen al espectador.
Entre las escenas, el cuadro de Alejandro Martín Criado elaborado a partir de su autorretrato fotográfico; el del propio Florencio Maíllo, o el de sus padres; en el caso de su madre, utilizando como modelo la última fotografía que le tomó en su vida. Las estampas se mantienen inmutables al paso del tiempo, como el retrato de Dorian Gray, mientras los seres humanos, que no tienen ese privilegio, van cambiando con el transcurso de los años.

A lo largo de 11 ediciones anuales, Mogarraz ha rendido homenaje al artista Florencio Maíllo dando su nombre al Certamen de Pintura Rápida de la localidad. El profesor y pintor, que vivió su infancia en Mogarraz hasta salir de la población por razón de estudios a los 14 años, quiso honrar e indultar del olvido a los vecinos que conoció de niño, tapizando las paredes con sus rostros de un modo visualmente impactante y no solo embelleciendo el pueblo, sino reforzando el orgullo local, la identidad y la pertenencia entre los habitantes, que se unen en torno a su historia común, celebrando su herencia cultural.

