Antes de enseñar IA, enseñemos a pensar
"Pensamiento crítico" se ha convertido en la palabra de moda este verano cuando hablamos de Inteligencia Artificial y de cómo afectará a las mentes más jóvenes que aún se están desarrollando.
La repetimos cada vez que alguien cuestiona qué hacen los alumnos con ChatGPT y cómo afecta a su rendimiento. Pero pensar críticamente no es desconfiar de todo ni repetir que la IA también se equivoca. Es formular buenas preguntas, evaluar evidencias, detectar supuestos y saber cuándo una respuesta es suficiente y cuándo sólo suena convincente. Eso se enseña con práctica y también la IA puede ser una herramienta de valor si le damos al alumno una respuesta y le pedimos que identifique qué afirma, qué no demuestra o qué fuentes le faltan. Se enseña haciendo visible el proceso, no solo el resultado.
Para mí es una paradoja, dado que la IA no elimina la necesidad de pensamiento crítico: lo complica. Antes teníamos poca información y nos enseñaban a buscarla. ¿Recordáis esas enormes y pesadas enciclopedias en las estanterías de casa o nuestra querida Encarta?. Ahora el acceso a la información se ha agilizado; los jóvenes reciben demasiado conocimiento ya empaquetado, redactado y con apariencia de autoridad. El riesgo ya no es la falta de datos. Es confundir fluidez con verdad.
La facultad de derecho de la Universidad de Chicago va a prohibir portátiles, tablets y móviles en las clases troncales del primer año durante el próximo curso 2026-2027. Y lo interesante no es la prohibición en sí, sino el diseño de su sistema de aprendizaje: menos dispositivos al principio, cuando se forman las capacidades básicas como leer con precisión, razonar o escribir, e incorporación explícita de IA más adelante, cuando ya hay criterio para usarla en investigación y práctica profesional. No están pretendiendo que sus alumnos no vayan a usar IA. Están evitando que la usen antes de saber cuándo ayuda y cuándo simplemente sustituye el aprendizaje.
Podemos definir mejor el pensamiento crítico, rediseñar el orden en que se enseña, establecer políticas de aula tan interesantes como la de Chicago, pero nada de eso sirve si no hay quién lo lleve a cabo. Según la UNESCO, harán falta 44 millones de profesores adicionales antes de 2030 para garantizar la educación primaria y secundaria universal. Por lo visto, el abandono de la profesión en primaria casi se ha duplicado desde 2015, del 4,6% a cerca del 9%. No creo que sea un problema de vocación sino más bien de desgaste debido posiblemente a salarios poco competitivos, sobrecarga burocrática o pérdida de reconocimiento social.
Llevamos años hablando de innovación educativa, transformación digital, metodologías activas o nuevas competencias. Todo eso cae en saco roto si la profesión docente deja de ser sostenible o interesante para los jóvenes del futuro. Se puede rediseñar todo lo demás pero sin profesores, no llegaremos muy lejos.

